El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine La bella María trabajaba sin cesar en su costura, cosiendo gruesas camisas de lienzo crudo, y sus dedos, a pesar de ser en extremo delicados, la sacaban victoriosa, como suele decirse, de aquel rudo e ingrato trabajo.
Algunas veces el mismo Henry se veía obligado a ayudarla, haciendo los gruesos dobladillos que se resistían a sus delicados dedos por lo áspero de la tela, y así ocupaba los momentos que le dejaba libres su oficio de pescador, tomando el de sastre.
En aquella época, más de un noble proscrito y más de un ilustre emigrado se vieron obligados a dedicarse a trabajos mecánicos o manuales para ganarse la vida, adiestrándose en el ejercicio de cualquier oficio, sin que por ello creyeran rebajar la elevada clase a que pertenecían.
Henry cometía frecuentemente torpezas que probaban su falta de costumbre y su ninguna práctica en aquellos trabajos mujeriles, lo cual hacía sonreír a María.
Sin embargo, su ayuda le era útil, y con ella unas veces y sola otras ganaba siete u ocho cuartos diarios.
En aquellas horas en que solían trabajar juntos ambos jóvenes, Henry contaba todos los sucesos de su vida y toda la historia de aquella pobre hermana a quien tanto había amado, vertiendo por ella alguna furtiva lágrima. Entonces María procuraba distraerle y sus palabras eran un bálsamo consolador para el corazón de joven.