El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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—Henry, —solía decirle— ¿acaso yo no puedo se vuestra hermana; no puedo reemplazar a vuestro lado; aquella santa mártir cuya muerte salvó mi vida?…

—¡Oh, sí! —contestaba el caballero—. Sois mi hermana, pues sois tan bella y tan buena como ella, tenéis si mismo corazón y sus mismos ojos, y vuelvo a encontrar en vos toda su alma: sí, sí, sois mi hermana, mi hermana querida.

Después de hablar así se callaba de improviso, y muchas veces se alejaba para no seguir hablando; pues sentía en su pecho un afecto más vivo que el cariño fraternal, afecto que llenaba completamente su ser.

La joven María, aun cuando no acertaba a darse cuenta de lo que pasaba en su corazón, sentía deslizarse en él una emoción desconocida, pero atribuía aquel sentimiento delicado a un exceso de gratitud hacia su salvador.

Sin embargo, el secreto de tales sentimientos no podía permanecer mucho tiempo oculto en aquellas almas generosas sin trasparentarse dándose a conocer mutuamente.

El que ama verdaderamente se ve con frecuencia dominado por su amor, se siente obligado a hablar, y como Henry no se atrevía a revelar sus verdaderos sentimientos a María, buscaba a Kernan y le hacía el confidente de su casta pasión.


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