El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Kernan, que lo veía y lo sabía todo, dejaba obrar a Trégolan, el cual le hablaba valiéndose de ciertos rodeos, no atreviéndose a explicarse claramente.

—Si el conde llegase a faltar —le dijo un día—, si ocurriese tan terrible desgracia, ¿qué sería de la pobre María? ¿Qué situación sería la suya? ¿Cómo podría librarse de la persecución de sus enemigos?

—Me tendría siempre a su lado —respondió el bretón con vehemencia, aunque sonriendo de una manera particular.

—Lo creo —añadió Henry—, lo creo; pero ¿quién sabe qué destino os reserva la Providencia? Si el conde os volviera a enviar a pelear bajo las banderas del ejército católico, en ese caso ¿quién protegería a María?

Kernan hubiera podido contestar fácilmente, que ni el conde ni él abandonarían nunca, y mucho menos a la vez, a la bella joven; pero fingió admitir la hipótesis del caballero como si fuera irrefutable, y dijo con ademán pensativo:

—En efecto, si eso ocurriera, ¿quién la protegería? ¡Ah, señor de Trégolan! Tenéis razón, le faltaría un generoso corazón que la amase y el fuerte brazo de un marido que la defendiese… Pero ¿quién querría cargar en las presentes circunstancias con esa pobre doncella proscrita y sin bienes de fortuna?


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