El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Eso no —repuso Henry con vivacidad—, no se necesita ser muy temerario para hacerlo, conociéndola como nosotros la conocemos. MarÃa ha pasado ya por pruebas terribles y es seguro que será una esposa modelo, como pudiera necesitarla y desearla un hombre honrado, para atravesar los calamitosos tiempos que corremos.
—Tenéis mucha razón —dijo Kernan—; si la conociesen; pero nadie la conoce, y no hay apariencia alguna de que encontremos en esta pobre aldea de Douarnenez el marido que conviene a mi noble sobrina.
Hablando asà el bretón querÃa obligar al joven caballero a expresarse con más claridad, pero sus palabras produjeron el efecto contrario, pues Trégolan creyó adivinar en ellas una completa desaprobación de sus sentimientos, y aquel dÃa no volvió a hablar del asunto, lo cual no dejó de disgustar mucho a Kernan.
Pasó el mes de febrero; durante los dÃas de trabajo cada cual se ocupaba en las faenas a que se habÃa dedicado, y los domingos se reunÃan todos en el piso bajo de la casa, y el conde leÃa los oficios divinos con gran fervor, mientras los demás elevaban al cielo sus plegarias, rogando por los mártires de su causa, y pidiendo también, como buenos cristianos, todos menos Kernan, por el descanso de sus enemigos.