El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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El bretón era la única excepción entre aquellas almas piadosas, pues no era cristiano hasta el extremo de olvidar las injurias que había recibido, así es que sus plegarias nocturnas terminaban siempre con un terrible juramento de venganza.

Cuando el tiempo mejoraba, y el cielo se mostraba sereno, Kernan solía proponer algunos paseos por la orilla del mar. La mayor parte de las veces el conde no les acompañaba, prefiriendo quedarse meditando en casa: entonces María, Henry y Kernan salían de ella, trepaban por las rocas para subir a la colina en que está asentada la aldea de Douarnenez, seguían el camino real hacia la iglesia que domina la bahía, y desde allí se perdían sus miradas por aquel mar que limita el horizonte, y que entraña tempestades tan peligrosas como las del océano.

¡Cuán grandioso es el cuadro que presenta a la vista aquella bahía cuando la agitan los vientos enfurecidos por la tempestad! A veces se percibían allá en el fondo algunas barcas rezagadas que, con las velas recogidas, o tomados los rizos, luchaban con las olas a merced del vendaval, desapareciendo con frecuencia a la vista de los que las contemplaban y apareciendo de nuevo, para ser arrastradas por las impetuosas corrientes lejos del puerto; desde aquel punto culminante los ojos seguían divisando hasta lo último de la punta de aquel inmenso promontorio que se interna en el mar.


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