El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Henry, que se hallaba muy al corriente de todo lo que se relacionaba con aquel territorio, llamaba la atención de sus compañeros, y les entretenía explicándoles sus particularidades, y diciéndoles los nombres de todos los campanarios, aldeas, pueblos o caseríos que se divisaban a lo lejos, esto es, de Poullan, Beuzec, Pont-Croix, Plogoff y otros que en aquella época representaban otras tantas parroquias sin pastor.

Los paseos eran otras veces en dirección distinta, y se prolongaban por el lado de Sainte-Anne de la Palud, dando la vuelta a la bahía, desde cuyo punto se distinguía en lontananza la cadena de montañas de Aray, que parecía haberse tendido fatigada a lo largo de la playa en la orilla del mar.

Otros días, los paseantes andaban sin fatigarse cuatro leguas de terreno, e iban a oír el rugido de las olas del océano desde la punta del Raz.

Allí la resaca producía efectos tan maravillosos como terribles en las rocas de aquella pequeña bahía, de fatídico nombre, pues se llama bahía de los Difuntos.

Aquel espectáculo de las olas irritadas impresionaba mucho a María, que apretaba el brazo de Henry, en que se apoyaba, cuando una nube de espuma, arrebatada por el viento, caía convertida en ruidosa catarata cerca de ellos.


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