El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine En aquel paÃs también se contaban antiguas y fantásticas leyendas que Henry referÃa a sus compañeros de paseo. La más célebre era la de la hija del rey Canuto, que habÃa dado al diablo las llaves de un pozo sin fondo, en aquellos remotos tiempos en que existÃa una gran llanura de tierra firme en el mismo lugar que hoy ocupa el puerto; y habiendo abierto el demonio con mano impÃa las puertas de aquel pozo, brotaron las olas impetuosamente, anegando los pueblos y las ciudades de la comarca, ahogando a todos los habitantes del paÃs y formando aquel brazo de mar que tomó, andando el tiempo, el nombre de bahÃa de Douarnenez.
—La época en que se creÃan tales cosas —añadÃa Henry sonriendo— era una época bien singular.
—Sin embargo —preguntó Kernan— ¿no valÃa algo más que nuestros desdichados tiempos?
—No —repuso Trégolan—, de ninguna manera, pues los tiempos de ignorancia y de superstición son siempre fatales, y nada bueno puede esperarse de ellos; mientras al presente, ¿quién sabe si cuando Dios se apiade de Francia, podrán los aterradores excesos de la humanidad producir algún provecho para el porvenir? Los designios de Dios son inescrutables; las vÃas que el cielo prepara a los hombres nadie puede adivinarlas, y en el mal, por grande que sea, siempre suele encerrarse algún bien.