El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Esta noche ha ido a casa de la anciana Kerdenan, que se está muriendo, y le ha administrado los últimos sacramentos.
—Anteayer —decÃa otro— bautizó al niño de los Brezenelt.
—Mientras esté por aquà —añadÃan algunos— debemos aprovecharnos de él, pues podrÃa sucederle algo malo que nos privase de sus auxilios.
Los sencillos habitantes de aquellas costas se consideraban felices y se regocijaban, como gentes devotas, con la presencia de aquel que renovaba las prácticas religiosas, devolviendo la moralidad al paÃs.
HabÃa junto al camino que conduce desde el pueblo de Douarnenez a la aldea de Pont-Croix, un antiguo tronco de encina, en el cual, aquellos que deseaban los auxilios de la religión, depositaban una nota, una señal cualquiera, y a la noche siguiente aparecÃa el sacerdote en el sitio que era reclamado.
Los huéspedes del anciano Locmaillé, por razón del completo aislamiento en que vivÃan, no tuvieron al principio noticia de lo que ocurrÃa en la comarca.
Casi nunca hablaban con sus vecinos, y se encerraban de continuo en su morada, constituyéndose en una especie de reclusión voluntaria.