El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Este suceso fue en los primeros días un secreto que se comunicaba con gran reserva y al oído, pues no debía llamarse sobre él la atención de los espías que la municipalidad de la capital mantenía en todas partes; pero últimamente era ya casi público que un hombre misterioso iba por el distrito ejerciendo su santa misión.
Pero parecía cierto que, en medio del huracán, y de las noches más oscuras, un desconocido, siempre solo, recorría los campos, visitaba las aldeas y aparecía con frecuencia, en Pont-Croix, en Crozon, en Douarnenez y en Poullan, dejándose ver, no sólo en el centro de las feligresías, sino también en las casas más aisladas.
Parecía conocer perfectamente el país y estar muy al corriente de sus necesidades.
Acudía presuroso allí donde nacía un niño; llevaba consuelos y administraba los últimos sacramentos a los moribundos; raras veces se le veía el semblante, que llevaba casi siempre cubierto; pero no había necesidad de verle, y bastaba oír sus palabras, para reconocer en él al ministro de una religión de amor y caridad.
Al divulgarse la noticia de tan extraña aparición, empezó a comentarse el suceso en la aldea de Douarnenez y en todo su distrito.
Uno decía: