El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Dos meses habían transcurrido por lo menos sin que ni siquiera hubiesen sospechado que se estaba practicando tan cerca de ellos la piadosa misión a que se consagraba aquel desconocido, y eso que hubieran podido utilizarla en provecho propio.
Sin embargo, llegó un día en que el buen Locmaillé tuvo noticia de lo que ocurría, y dijo algo de ello a Kernan, al cual le faltó tiempo para comunicárselo a su amo. Un rayo de satisfacción brilló en los ojos del conde al oírle.
—¡Por vida mía! —exclamó Kernan—. Ese buen clérigo debe ser un hombre decidido y valiente, pues se necesitan mucha abnegación y atrevimiento para obrar como él lo hace, exponiendo su existencia en los calamitosos tiempos que alcanzamos.
—Es muy cierto —repuso el conde—; pero también está dignamente recompensado al tener la dicha de difundir el bien en torno suyo.
—Sin duda, señor, y ahora me explico perfectamente que los habitantes de esta comarca se consideren venturosos con la presencia de ese santo varón en el país. ¿Sabéis, señor conde, que debe ser una cosa muy terrible morir sin confesión?
—Ciertamente, Kernan.