El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Por lo que a mà hace —añadió el bretón, con el acento de una convicción profunda—, hubiera sido, el más cruel de los colores. El niño recién nacido puede aguardar y tiene siempre tiempo de ser bautizado, a más de que para este sacramento cualquiera puede reemplazar al sacerdote junto a la cuna; los jóvenes, por su parte, pueden aplazar su casamiento para tiempos más felices; pero morir sin tener a la cabecera un confesor, ¡oh, esto es horrible y capaz de desesperar a cualquiera!
—Dices bien, Kernan —le contestó el conde.
—Pero ahora que hablamos de ese ministro del Señor —exclamó el bretón— se me ocurre una cosa que alegrarÃa mucho al caballero de Trégolan, a ese bravo joven a quien tanto debemos, y a quien difÃcilmente podremos pagar nunca, como es debido, sus nobles sacrificios. ¿Sabéis que mi sobrina tendrÃa en él un marido como pocos, y con cuyo apoyo podrÃa contar en todo evento?… Y la verdad, que al permitir el cielo que la salvase de una manera tan milagrosa, parecÃa indicar que se la reservaba a él, para un porvenir dichoso.