El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Asà debemos creerlo, por lo menos, Kernan —respondió el conde—, y Dios quiera que esa idolatrada niña pueda alcanzar la felicidad a que es acreedora; la pobre ha estado ya sometida a terribles pruebas, y sin duda merece una dulce recompensa por tantos sufrimientos; pero antes de hablar al caballero de Trégolan de ese sacerdote, déjame a mà arreglar este asunto, querido Kernan.
El bretón prometió no decir nada; pero el caballero no tardó mucho tiempo en oÃr hablar de lo que era objeto de todas las conversaciones en el paÃs. Asà es que corrió a participar su descubrimiento a Kernan, lo cual hizo sonreÃr a éste.
—Esta noche, cuando estemos cenando, hablad de eso y ya veréis lo que os responden.
Henry siguió puntualmente este consejo de Kernan, y aquella misma noche, después de haber ofrecido su mano a MarÃa, dio ya el nombre de padre al conde de Chanteleine.
—¿Pero quién podrá ver a ese sacerdote? —preguntó el caballero.
—Yo mismo —dijo el conde.
MarÃa, en un arrebato de emoción, se arrojó en brazos de su padre.