El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Por fin llegó la víspera del gran día; la última velada se pasó en el piso bajo de la casa. La dicha rebosaba en el corazón de Henry. El conde entretuvo a sus hijos indicándoles con persuasivas frases los grandes deberes de la vida, y de qué manera debían cumplirse en el mundo y en el seno de la familia, y sobre este tema se extendió diciéndoles cosas verdaderamente conmovedoras y de gran importancia.
Henry y María le oyeron con profunda atención, y cuando terminó su elocuente discurso, ambos se pusieron de rodillas y le pidieron su bendición.
—Sí, hijos míos —dijo el conde conmovido—, que el cielo os bendiga y os absuelva por medio de mis palabras; que Dios os guarde y no os abandone en el curso de vuestra existencia; que la divina Providencia permita que se cumplan los deseos y la bendición de vuestro padre.
Y levantándolos del suelo los estrechó a los dos entre sus brazos.