El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Henry la llevaba cogida de la mano; Kernan guiaba el timón, y el buen Locmaillé iba en la proa de la embarcación cuidando de las velas.
El conde de Chanteleine había partido muy temprano y antes del desayuno. Era necesario que todo estuviese dispuesto y sobre todo que el personaje principal de aquella escena extraordinaria, esto es, el sacerdote, no faltase a la reunión.
Aunque la flotilla navegaba con buena mar, de vez en cuando refrescaba el viento, y entonces todas aquellas chalupas balanceaban, levantando a la vez sus proas y bajándolas a impulso de las olas cuando alguna ráfaga de la brisa las agitaba ligeramente.
La aldea de Douarnenez se perdía ya en lontananza a los ojos de los navegantes, y no tardo en aparecer a su vista la magnífica gruta a que se dirigían. No tenía campanario que se elevase sobre su bóveda, ni campanas que resonasen solemnemente llamando a los fieles para una misa de boda; pero la piadosa devoción de todo un pueblo iba a convertir en templo aquel edificio construido por la naturaleza.
Cuando arribaron a la gruta, la marea no estaba aún bastante alta para que se pudiese penetrar en ella.
Las barcas se colocaron en orden y aguardaron.