El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Por fin, las aguas se precipitaron rugiendo sobre la grava, después se extendieron espumosas por la arena, y por último se elevaron tranquilizándose al paso que iban subiendo.
Las barquillas, entonces, entraron en la gruta y se colocaron en círculo a lo largo de sus paredes, revestidas de rocas rojizas y abrillantadas que arrojaban, como si fuesen de cornalina, bellísimos reflejos que encantaban la vista.

En el centro de la gruta había una roca aislada, un verdadero islote formado por varios peñascos de granito, sobre el cual se elevaba un altar. Algunos cirios ardían en candelabros de madera, y las últimas ondulaciones del mar iban a morir al pie de aquella ara consagrada al Eterno, mientras las barquillas se balanceaban en torno suyo, mecidas por las olas.
María, a pesar de la dulce emoción que experimentaba, dirigía a su alrededor miradas inquietas.
—¿Y mi padre? —preguntó al fin al bretón.
—Ya no puede tardar en venir —respondió éste.
—¡María, te amo! —murmuraba Henry al oído de la doncella.