El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Había algo de tierno y de sublime a la vez en aquel viudo convertido en sacerdote, en aquel padre que casaba a su hija; lo inusitado de aquel acontecimiento, lo extraordinario de aquella situación dominaba todos los espíritus.
Muy pronto los murmullos de las plegarias se confundieron con los murmullos de las olas.
Cuando el conde pronunciaba las palabras del santo rito, se conocía su emoción por las inflexiones de su voz.
Llegó, por fin, el solemne momento de la elevación: resonó el tañido de la campanilla, los fieles se arrodillaron con profundo recogimiento, y el sacerdote elevó hacia el cielo la hostia consagrada…
En aquel instante resonaron gritos de alarma.
—¡Fuego! —exclamó una voz, y una espantosa descarga estalló de improviso.
—¡Los azules! ¡Los azules! —gritaron por todas partes, y cada barquichuela huyó por su lado a todo remo, haciéndose a la mar en distintas direcciones bajo los fuegos de un bergantín de guerra, El Descamisado, que se había interpuesto entre los pescadores y la playa, y botado al agua sus lanchas cargadas de soldados, los cuales se dirigieron a la gruta.