El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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El desorden había llegado a su colmo, muchos heridos expiraban en sus barquillas entre los agudos lamentos de sus deudos y amigos; unos trataban de agarrarse a las rocas, después de haberse arrojado al mar buscando el medio de fugarse; otros morían ahogados; en medio de la humareda no se veían los pequeños barquichuelos que chocaban entre sí…

Entonces los republicanos penetraron en la gruta a bordo de una barca que llegó hasta el pie del altar, sobre el cual saltó un hombre feroz.

—¡Ah, conde de Chanteleine, al fin te tengo entre mis manos!… —exclamó agarrando al sacerdote y entregándolo a sus soldados. ¡Clérigo y noble…!— añadió con cínica sonrisa —buen negocio es el tuyo, amigo mío.

Aquel hombre era Karval.

La nota depositada por Trégolan en el tronco del árbol había sido sorprendida por un espía que vigilaba el país. Karval tuvo conocimiento por él de la ceremonia que se proyectaba celebrar, y embarcándose en Brest en un bergantín de guerra, al frente de sus sicarios, fue a sorprender a los infelices blancos en la gruta de Morgat.


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