El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Y el odio, la cólera, el deseo de venganza le cegaron de tal suerte que estuvo a punto de arrojarse sobre aquel miserable y de matarle en el acto… pero haciendo un esfuerzo supremo logró contenerse.
—¡Ya le tengo! —se dijo a sà mismo con toda la sangre frÃa de que era capaz; se quitó los zapatos y se puso a seguir a Karval.
La oscuridad crecÃa rápidamente; las calles iban quedando más desiertas a cada instante que trascurrÃa; Kernan tuvo necesidad de aproximarse más a Karval para no perderle de vista.
Desde luego, en lo que menos pensaba aquel miserable, era en que tenÃa tan cerca de sà al bretón, y en que éste se encontrase en la ciudad, por cuya razón no lo habrÃa reconocido, aunque hubiera reparado en él; pero a pesar de esto no tardó en notar que alguien lo seguÃa y apretó el paso. Temiendo Kernan que de improvisto se metiera en alguna casa, resolvió al fin de acercarse a él bruscamente, y apresurando su marcha le alcanzó no lejos de la ronda de la población y a corta distancia de las fortificaciones de la ciudad.
Karval se volvió con presteza y preguntó con voz poco segura:
—¿Qué se ofrece, ciudadano, qué quieres de m�…
—Vengo a hacerte una denuncia —dijo Kernan.