El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Ni esta hora, ni este lugar son a propósito para ello —replicó Karval, a quien el bretón habÃa asido fuertemente por un brazo.
—SÃ, lo son; y más para un patriota como tú: mi denuncia es de gran interés para la república.
—Pero en fin, ¿qué es lo que quieres?
—Sé que buscas a la ciudadana Chanteleine.
—¡Ah! —exclamó Karval, a quien su odio le hizo recobrar la confianza—. ¿Acaso sabes tú dónde se halla?
—La tengo en mi poder —respondió Kernan— y puedo entregártela.
—¿Cuándo?
—¡Al instante!
—¿Y qué pides por este servicio?
—Nada; vamos, pues…
—Aguarda; la guardia de las murallas no está lejos de aquÃ; voy a hacer que me acompañen algunos hombres, y mañana mismo se tumbará ante la guillotina, delante de su padre.
El puño de hierro del bretón apretó con tal violencia el brazo de Karval, que éste no pudo contener un grito de dolor.
En aquel momento la luz de un reverbero iluminó el rostro de Kernan, y Karval le miró con sobresalto: sus facciones se contrajeron de espanto, y con voz temblorosa exclamó: