El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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—¡Kernan… Kernan! —Y quiso gritar para pedir socorro; pero le faltó aliento para pronunciar una sola palabra; y un temblor convulsivo se apoderó de aquel bandido que era el más cobarde de los hombres.

Verdad es que tenía razón para temer; la fisonomía de Kernan era en aquel momento espantosa; sus ojos centelleaban como el rayo y apretaba con crispada mano un largo cuchillo cuya punta tocaba el pecho del republicano.

—Pronuncia una sola palabra y caes muerto en el acto —dijo el bretón con acento breve y con voz grave—. Ahora vas a seguirme.

—¿Pero qué es lo que quieres de mí? —preguntó aquel miserable alentando apenas.

—Hacerte ver a la señorita de Chanteleine. Agárrate de mi brazo; ¿me comprendes?… ahora vamos a pasar por delante de casas habitadas, tal vez por cerca de algún cuerpo de guardia; pero no lo olvides: la hoja de mi acero la sentirás siempre apoyada sobre tu corazón, y al menor movimiento, al menor grito que lances te la clavo hasta la empuñadura… mas sé que eres cobarde y no gritarás.

Karval no podía responder: cogido por una tenaza de acero, siguió al bretón sin hablar y sin oponer resistencia, de suerte que parecían dos buenos amigos.


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