El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Kernan se encaminó hacia la puerta de Recouvrance; algunos que se habÃan retrasado en su camino se encontraban con Kernan y Karval; pero éste no osaba ni siquiera mover los ojos pues sentÃa la punta del cuchillo que desgarraba su camisa.
Las calles quedaban por momentos más desiertas: grandes nubarrones, negros, aparecÃan en el cielo, haciendo más oscura la noche. A veces, Kernan apretaba con tal fuerza el brazo de su compañero, que le obligaba a lanzar sordos gemidos.
—Me haces daño… —murmuraba aquel miserable.
—Eso no es nada —respondÃa el bretón.
Por fin llegaron a la poterna de la ciudad; allà habÃa un cuerpo de guardia, bastante bien iluminado. Karval vio a los soldados que iban y venÃan a sus puestos; no tenÃa más que dar un grito para hacerse oÃr… sin embargo calló…
El centinela paseaba arriba y abajo, a tres pasos de él. Karval rozó con el brazo del soldado; una señal le hubiera bastado para ser comprendido… no la hizo.
El puñal de Kernan atravesaba ya la piel de su pecho, y algunas gotas de sangre manchaban sus vestidos.
Un momento después traspusieron el doble recinto de las fortificaciones, y siguieron el camino real durante un cuarto de hora en medio del silencio más profundo, y siempre enlazado el brazo de Karval al de Kernan.