El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Después el bretón se dirigió hacia la izquierda por un hondo sendero, y no tardaron en llegar a uno de esos campos incultos y sembrados de guijarros que forman la cumbre de las rocas que se destacan sobre la costa.

Al pie de aquellas rocas escarpadas se oía rugir el mar a cien pies de profundidad.

En aquel punto se detuvo el bretón, y apartó el cuchillo del pecho de Karval.

—Ahora —dijo con voz grave, pero que revelaba una resolución irrevocable y en que se traslucía la obstinación bretona—, ahora vas a morir.

—¡Yo!… —exclamó el miserable… y entonces quiso gritar, pero la voz se le quedó anudada en la garganta.

—Puedes gritar cuanto quieras —dijo Kernan con acento inexorable—, puedes pedir que te perdone… nadie te oirá, ni yo mismo. Nada puede ya salvarte. Yo en tu lugar, a fe de buen bretón, me resignaría a morir con valor, y no como un cobarde.

Karval intentó evadirse: pero Keman le contuvo con una mano de hierro y casi le tendió en el suelo.

Entonces exclamó aquel miserable con voz entrecortada:

—Kernan, yo soy rico… tengo oro… mucho oro, y te daré todo el que quieras: pero ¡perdón! ¡Perdón!…


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