El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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—¿Perdón a ti, miserable? —gritó Kernan con voz aterradora—. ¿A ti cuyo puñal ha asesinado a mi buena señora? ¿A ti, que con tus propias manos has prendido a mi noble amo, a mi hermano querido? ¿A ti, que ibas a arrojar a su hija a la guillotina? ¿A ti, a ti, bretón indigno, bretón renegado, vergüenza de tu patria, ladrón infame, feroz incendiario, que has robado, saqueado, devastado, y quemado tu país natal? ¡Ah, Dios me lo demandaría en la otra vida, si no te matase con mis propias manos…! ¡Muere, pues, infame!

Karval estaba tendido en el suelo; Kernan, apoyando la rodilla en el pecho de aquel miserable, levantaba el cuchillo con ademán terrible para herirle… pero de pronto se detuvo: una idea súbita acababa de brotar en su mente, idea que había aplazado muchas veces la muerte de los vencidos, y que nacía del espíritu religioso que había hecho levantarse en masa a los vendeanos.

—¡Tú, morirás! —dijo Kernan poniéndose en pie, después de haber detenido el golpe mortal—; pero no sin confesión.

Karval apenas comprendió aquellas palabras; pero al oírlas, sintió renacer la esperanza, pues entrevió que su muerte se aplazaba, y aquello le hizo respirar; mas se hallaba tan quebrantado que no pudo moverse.

Kernan le agarró bruscamente con una mano y le puso en pie, murmurando entre sí sin cuidarse siquiera de aquel miserable:


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