El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —SÃ, debes confesar antes de morir, no hay remedio, pero no puedo matarte sin confesión… pero ¿dónde hallar un sacerdote? ¿Dónde podré encontrarle? Iré a buscarle aunque sea a Brest, si es preciso. Será un juramentado, un jurador, pero ¿qué importa?, para ese bandido eso será bastante.
Mientras el bretón pronunciaba en voz baja este monólogo, Karval caminaba casi arrastrando y suspendido como un cuerpo inerte del brazo de aquél; gotas de sangre manchaban las piedras del camino a casa paso que daba… y andando asà no tardaron en ver los muros de Brest. El feroz republicano que conservaba todavÃa el instinto de la vida, comprendÃa que la única esperanza que le quedaba, si entraba en la ciudad, era gritar con todas sus fuerzas pidiendo socorro, y se hallaba decidido a hacerlo asÃ, aunque hubiera de costarle la vida. Entonces abrió los ojos, y al mirar en torno suyo vio dibujarse a corta distancia los muros de la ciudad… algunos pasos más, y ya podrÃa poner por obra su última tentativa de salvación… De improvisto apareció un hombre en la extremidad del hondo camino que cortaba la vÃa pública, y al verlo hizo un esfuerzo supremo, recogió toda la energÃa que le quedaba, y desprendiéndose violentamente del brazo de Kernan, emprendió a correr gritando:
—¡Salvadme! ¡Salvadme!