El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Pero el bretón se precipitó sobre él con la velocidad del rayo, y en dos saltos se apoderó de nuevo de su persona; entonces fijó los ojos en aquel hombre que la casualidad les deparaba, y lanzó un grito de feroz alegría.
—¡Yvenat! —dijo—. ¡El cura Yvenat! ¿Quién osará negar que la mano de Dios, que la justicia divina anda en todo esto? Karval, escucha, ése es un sacerdote, un sacerdote de los tuyos… ¿lo entiendes?
Karval dio un paso atrás con espanto.
Entonces Kernan dirigiéndose a Yvenat, le dijo:
—Yo os conozco, Yvenat: yo fui el que os salvó de la isla de Tristán; vos sois sacerdote; este hombre está condenado a muerte: confesadle.
—Pero… —dijo el clérigo.
—Nada de objeciones; no hay perdón posible; cumplid vuestro sagrado deber.
Yvenat quiso resistirse; pero Kernan levantó su mano formidable y dijo:
—No me hagáis cometer una violencia y un sacrilegio, teniendo que obligaros a obedecerme. Confesad a ese hombre; si no puede hacer examen de conciencia en breves minutos, yo ayudaré su memoria: él ha asesinado, ha robado, y ha incendiado comarcas enteras, y sólo le quedan breves instantes de vida para arrepentirse antes de comparecer ante el tribunal de Dios…