El Rayo verde

El Rayo verde

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—Sí, señorita Campbell, no he visto nada comparable a esta parte de las Hébridas hacia las cuales nos dirigimos. Es un verdadero archipiélago, con un cielo menos azul que el de Oriente, quizá, pero con más poesía en sus rocas salvajes y sus horizontes brumosos. El archipiélago griego ha sido la cuna de una sociedad de dioses y diosas, es verdad, pero ya se habrá fijado usted que han sido unas divinidades muy burguesas, muy positivas, dotadas sobre todo de una vida material. El Olimpo se me aparece a mí como una especie de salón más o menos bien compuesto, donde se reúnen unos dioses demasiado parecidos a los hombres, pues tienen sus mismas debilidades. En cambio, no sucede así en nuestras islas Hébridas. Aquí viven seres sobrenaturales. Las deidades escandinavas, etéreas, inmateriales, son formas impalpables, sin cuerpo. ¡Odín, Ossian, Fingal! Son una serie de poéticos fantasmas escapados de los libros de las Sagas. ¡Qué hermosas son estas figuras de las cuales podemos evocar en nuestro recuerdo la aparición en medio de la bruma en los mares árticos! Este sí que es un Olimpo más divino que el Olimpo griego. Aquel no tiene nada de terrenal, y si fuese necesario designarle un emplazamiento digno de sus huéspedes, se escogería en el mar de Hébridas. ¡Sí, señorita Campbell, aquí adoraría yo a nuestras divinidades, y como verdadero hijo de la antigua Caledonia, no cambiaría nuestro archipiélago, con sus doscientas islas, su cielo cargado de vapores y sus revueltos mares calentados por las corrientes del Gulf Stream, por todos los archipiélagos de los mares de Oriente!


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