El Rayo verde

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—Y es bien nuestro, escoceses de los Highlands —contestó la señorita Campbell, entusiasmada por las ardientes palabras de su compañero—. ¡Ah, señor Sinclair!, yo, como usted, soy una apasionada de nuestro archipiélago caledonio. ¡Lo encuentro magnífico y lo admiro incluso en sus furores!

—Y es sublime, efectivamente —contestó Olivier Sinclair—. ¡Nada puede detener la violencia de las tempestades que en él estallan después de un transcurso de tres mil millas! ¡La costa americana se halla enfrente de la costa escocesa! Sí, allí, al otro lado del Atlántico, se producen las grandes tempestades del océano; aquí se reciben los primeros embates de las olas y de los vientos lanzados sobre la Europa occidental. Pero se estrellan contra nuestras Hébridas, más audaces que aquel hombre de quien habla Livingstone, que no temía a los leones, pero que le daba miedo el océano; nuestras islas, sólidas sobre su base de granito, se ríen de las violencias del huracán y del mar.

—¡El mar…! Una combinación química de hidrógeno y de oxígeno, con un dos y medio por ciento de cloruro sódico. Nada más bello, en efecto, que los furores del cloruro de sodio.

La señorita Campbell y Olivier se habían vuelto bruscamente al oír aquellas palabras, dichas claramente con intención, y pronunciadas como una réplica a su entusiasmo.


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