El Rayo verde
El Rayo verde —¡Es mucho mejor! —contestó ella, mientras pensaba que serÃa mejor todavÃa si no hubiera un habitante de más en la isla.
Sin embargo, en defecto de casino o de hotel, los hermanos Melvill descubrieron una especie de posada bastante aceptable, donde se detenÃan los turistas a quienes no les bastaba el poco tiempo que les dejaba el barco para visitar las ruinas de Iona. AsÃ, pues, pudieron hospedarse aquel mismo dÃa en la posada Las Armas de Duncan, mientras Olivier Sinclair y Aristobulus Ursiclos se instalaban lo mejor posible cada uno en una cabaña de pescadores.
Pero a la señorita Campbell la dominaba un estado de espÃritu tal, que desde la ventana abierta al mar, de su pequeño cuartito, se encontraba tan bien como en la terraza de su torre de Helensburgh y mucho mejor, sin duda alguna, que en el salón del Caledonian Hotel. Desde donde se hallaba, el horizonte se extendÃa ante sus ojos sin que ningún islote rompiera su lÃnea circular, y con un poco de imaginación hubiera podido apercibir, a tres mil millas de distancia, la costa americana del otro lado del Atlántico. Verdaderamente el sol tenÃa un buen escenario para ponerse con todo esplendor.