El Rayo verde
El Rayo verde Había que ver a los hermanos Melvill brindar con aquellos grandes vasos que pueden contener por lo menos cuatro pintas inglesas llenos del usquebaugh, la cerveza nacional por excelencia, o el mejor hummok. Y el whisky, cuya fermentación parece que continúa en el estómago de los bebedores. Ciertamente que no pensaban en echar de menos el jerez o el oporto de las bodegas de Helensburgh o de Glasgow.
Si Aristobulus Ursiclos, acostumbrado a las comodidades modernas, no dejaba de quejarse más a menudo de lo que convenía, nadie hacía el menor caso de sus quejas.
Si él encontraba los días largos en aquella isla, en cambio para los demás el tiempo pasaba demasiado de prisa, y la señorita Campbell no refunfuñaba ya contra las nubes que cubrían cada tarde el horizonte.
Claro que Iona no era grande, pero a quien le gusta pasear al aire libre, no necesita grandes espacios. De vez en cuando, Olivier Sinclair se detenía para pintar algún rincón pintoresco y la señorita Campbell lo miraba pintar, y el tiempo transcurría apaciblemente para todos.
Los días 26, 27, 28 y 29 de agosto se sucedieron sin un instante de aburrimiento. Aquella vida primitiva sentaba bien en aquella isla salvaje y primitiva también, cuyas rocas el mar batía sin descanso.