El Rayo verde

El Rayo verde

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La señorita Campbell, feliz de haber escapado del mundo de curiosos charlatanes que forma las poblaciones de veraneo, salía a pasear con la misma libertad que lo hubiera hecho por el jardín de Helensburgh, con el rokelay que se envolvía como una mantilla, tocada con el snod, esa cinta mezclada con cabellos, que sienta tan bien a las jóvenes escocesas. Olivier Sinclair no se cansaba de admirar su gracia, el encanto de su persona, ese atractivo que producía sobre él un efecto del que se daba perfecta cuenta.

Muchas veces paseaban juntos hablando, mirando y soñando hasta las últimas playas de la isla, y allí se detenían, viendo volar delante de ellos, a bandadas, los cuervos marinos escoceses, los tamnie-nories, cuya soledad turbaban; los pictarnies, a la espera de los pececillos depositados por los remolinos de la resaca, y los pájaros bobos de Bassan, de negro plumaje, de alas blancas en sus puntas, de cabeza amarilla, que representa más particularmente la clase de las palmípedas en la ornitología de las Hébridas.

Al llegar la noche, después de la puesta del sol, con qué gusto se paseaban la señorita Campbell y los suyos por la playa desierta bajo las estrellas. En medio de un profundo silencio, se oía de pronto como los hermanos Melvill recitaban las estrofas de los poemas de Ossian:

Pálida estrella de la noche, lejana mensajera,


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