El Rayo verde
El Rayo verde La señorita Campbell, Olivier Sinclair y los hermanos Melvill no se dieron cuenta de que su sabio compañero iba quedándose atrás; y cuando estaban bajo la alta bóveda de la torre cuadrada, oyeron unos pasos enérgicos que resonaban sobre las losas como si una de las estatuas de piedra se hubiera puesto a andar pesadamente como el Comendador de Don Juan Tenorio. Era Aristobulus Ursiclos, que con sus pasos acompasados estaba midiendo las dimensiones de la catedral.
—Ciento sesenta pies de este a oeste —dijo anotando esta cifra en su carnet, en el momento en que se reunÃa con sus amigos.
—¡Ah, es usted, señor Ursiclos! —dijo irónicamente la señorita Campbell—. ¿Además de mineralogista es usted geómetra?
—… Y sesenta pies solamente en el crucero de las naves —prosiguió Aristobulus Ursiclos.
—¿Y cuántas pulgadas? —preguntó Olivier Sinclair.
Aristobulus Ursiclos miró a Olivier Sinclair con la expresión de quien no sabe si debe tomarse la cosa en serio. Pero los hermanos Melvill intervinieron oportunamente arrastrando a los jóvenes con ellos para terminar de recorrer el monasterio.