El Rayo verde
El Rayo verde Este comentario tan oportuno que hizo la señorita Campbell, provocó una mueca irónica en los labios de Aristobulus Ursiclos.
—¿De dónde ha sacado usted, señorita Campbell —le dijo—, que unos ojos puedan sonreÃr?
Quizá la señorita Campbell tenÃa deseos de contestarle que, en todo caso, no serÃa mirándole a él que sus ojos tendrÃan tal expresión, pero se calló, y guardó su respuesta.
—Es un error muy extendido —prosiguió Aristobulus Ursiclos con énfasis— hablar de la sonrisa de los ojos. Estos órganos de la vista están desprovistos precisamente de toda expresión. Por ejemplo: si tapamos un rostro con una careta les apuesto a que no podrán ustedes saber si aquel rostro expresa alegrÃa o tristeza.
—¿Ah, sÃ? —contestó el hermano Sam, que parecÃa tomar interés por aquella lección.
—Lo ignoraba —añadió el hermano Sib.
—Pues es asà —concluyó Aristobulus Ursiclos—; y si tuviera un antifaz…
Pero aquel joven erudito no tenÃa ninguno y no pudo hacerse el experimento para salir de dudas sobre la cuestión.
Pero ya la señorita Campbell y Olivier Sinclair habÃan salido del claustro y se dirigÃan hacia el cementerio de Iona.