El Rayo verde

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—¿Y si me agrada creer en ellas? —contestó la señorita Campbell, excitada por aquella inoportuna contradicción—. Sabedlo, gusto mucho de creer en las brownies domésticas que protegen el mobiliario de la casa; en las hechiceras, cuyos encantos se verifican mientras declaman versos rúnicos; en las valquirias, esas vírgenes fatales de la mitología escandinava, que arrebatan a los guerreros heridos en batalla; en esas hadas familiares cantadas por nuestro poeta Burns en aquellos versos inmortales que un verdadero hijo de los Highlands no debe olvidar: «En esa noche las hadas ligeras danzan sobre Cassilis Dawnan’s, o se encaminan hacia Golzean a la pálida claridad de la luna para ir a perderse en las Coves, en medio de rocas y arroyuelos».

—¡Pero, señorita Campbell! —insistió tercamente el estúpido joven—. ¿Piensa usted que los poetas creen en estas fantasías producto de su imaginación?

—Claro que sí, señor —contestó Olivier Sinclair—; si no, su poesía sonaría a falso, como todo lo que no se hace con profunda convicción.

—¿Usted también, caballero? —contestó Aristobulus Ursiclos—. Sabía que era usted pintor, pero no poeta.

—Es lo mismo —dijo la señorita Campbell—. El Arte es una sola cosa bajo formas distintas.


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