El Rayo verde

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—¡Ah, no… no! ¡Es inadmisible! ¡Ustedes no pueden creer en toda esta mitología, creada por los cerebros ofuscados de los viejos bardos!

—¡Ah, señor Ursiclos! —exclamó el hermano Sam, herido en su amor propio—. No trate usted así a nuestros antepasados que han cantado las glorias de nuestro querido país.

—Y escúchelos usted —dijo el hermano Sib, evocando citas de sus poemas favoritos—: «Me gustan los cantos de los bardos. Me gusta escuchar los relatos de tiempos pasados. Son para mí como la paz de la mañana y el frescor del rocío que humedece las colinas…».

—«… cuando el sol no despide más que lánguidos rayos —añadió el hermano Sam— y el lago permanece tranquilo y azulado en el fondo del valle».

Sin duda, los dos tíos hubieran continuado sus poesías ossiánicas indefinidamente, si Aristobulus Ursiclos no los hubiera interrumpido bruscamente diciéndoles:

—Caballeros, ¿han visto ustedes alguna vez alguno de estos pretendidos duendes de que hablan con tanto entusiasmo? ¡No! ¿Y pueden verse? ¡Tampoco! ¿No es cierto?


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