El Rayo verde
El Rayo verde —Está usted en un error, señor —dijo la señorita Campbell—, y le compadezco por no haberlos visto nunca. Todo el mundo puede verlos surgir por las altas tierras de Escocia, deslizándose por los campos abandonados, elevándose sobre la superficie de los lagos, revoloteando en medio de las tempestades. Y, mire usted, este Rayo Verde que me obstino en perseguir, ¿quién sabe si no es la banda de alguna valquiria, cuya franja se arrastra por las aguas del horizonte?
—¡Ah, no! —exclamó Aristobulus Ursiclos—. ¡Esto sà que no! Y voy a decirle lo que es su famoso Rayo Verde…
—No me lo diga usted, caballero —exclamó la señorita Campbell—; no quiero saberlo.
—Pues tiene que saberlo —exclamó Aristobulus Ursiclos, completamente fuera de sà por aquella discusión que le sacaba de quicio.
—Se lo prohÃbo.
—Pues lo diré a pesar de todo, señorita Campbell. Este último rayo que lanza el sol cuando se va al ocaso en el momento en que el borde superior de su disco roza el horizonte, si es verde, es debido, quizá, a que en el momento en que atraviesa la superficie del agua, se impregna con su color…
—¡Cállese, señor Ursiclos!