El soberbio Orinoco

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Miguel, Felipe y Varinas no pedían tanto. Viajarían a sus expensas, sin más escolta que los peones, los llaneros, los barqueros y los guías que viven a lo largo de la ribera del río, como otros obreros de la ciencia habían hecho antes que ellos. Además, no debían pasar del pueblo de San Fernando, construido en la confluencia del Atabapo y del Guaviare. En los territorios atravesados por la parte alta del río es principalmente donde hay que temer los ataques de los indios, esas tribus independientes, tan difíciles de contener, y a las que, no sin razón, se atribuyen actos de carnicería y de pillaje, lo que no es de extrañar si se tiene en cuenta que el país estuvo en otra época poblado por caribes.

Indudablemente, más abajo de San Fernando, hacia la desembocadura del Meta, sobre los territorios de la otra ribera, no es difícil encontrar ciertos guahibos, siempre refractarios a las leyes sociales, y algunos quivas, cuya reputación de ferocidad está demasiado justificada por sus atentados en Colombia antes de trasladarse a las riberas del Orinoco.

También en Ciudad-Bolívar reinaba alguna inquietud sobre la suerte de dos franceses que habían partido hacía un mes. Después de haber remontado el curso del río y pasado la confluencia del Meta, estos viajeros se habían aventurado a través del país de los quivas y de los guahibos, y se ignoraba lo que les había acontecido.


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