El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Verdad es que el curso superior del Orinoco, menos conocido, sustraído, por su alejamiento, a la acción de las autoridades venezolanas, desprovisto de todo comercio, entregado a las cuchillas errantes de los indígenas, era y es aún infinitamente más temible. En realidad, si los indios sedentarios del Oeste y del Norte del gran río son de costumbres más dulces y se entregan a los trabajos agrícolas, no se puede decir lo mismo de los que viven en medio de las sabanas de la curva del Orinoco. Bandidos por interés y por necesidad, no retroceden ni ante la traición ni ante el asesinato.
¿Será posible en el porvenir lograr algún imperio sobre su naturaleza feroz e indomable? Lo que no se puede conseguir de las fieras de los llanos, ¿se podrá conseguir de los naturales de las llanuras del Alto Orinoco? Lo cierto es que atrevidos misioneros lo han intentado sin gran resultado. Y hasta uno de ellos, un francés, perteneciente a las misiones extranjeras, se encontraba desde hacía algunos años en estas altas regiones del Orinoco. Su valor y fe, ¿habían sido recompensados? ¿Había conseguido civilizar aquellas aldeas salvajes, convertirlas al catolicismo? ¿Había motivo para suponer que el animoso apóstol de la misión de Santa Juana hubiese conseguido agrupar en tomo de él a aquellos salvajes, refractarios hasta entonces a toda tentativa de civilización?