El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Uno de ellos se había limitado a decir:

—¡Esto es naufragar a vista del puerto!

A bordo de la Gallinetta el sargento Marcial procuraba tener calma. De estar solo, de no temer nada más que por él, hubiera encontrado la resignación de un soldado que ha presenciado casos semejantes. Pero Juan, el hijo de su coronel, ¡aquel niño al que había consentido seguir en aquel aventurado viaje…!, ¿cómo salvarle si la piragua se hundía antes de tocar a la ribera? El sargento Marcial no sabía nadar, y aunque supiera, ¿qué hubiera conseguido en medio de aquellas aguas desordenadas y aceleradas por tan terrible corriente? A ellas se arrojaría, no obstante, y si no lograba salvar a Juan, perecería con él.

El joven había conservado su sangre fría, mientras el sargento Marcial sentía que la suya le abandonaba. Había salido del rouf y estaba montado en los largueros de popa. Veía el peligro, y no le volvía los ojos… Sus labios murmuraban el nombre de su padre.

Alguien, sin embargo, vigilaba por él, sin que él lo notara; mientras las piraguas derivaban por el mismo lado, tan pronto juntas como separadas por alguna ola, Jacques Helloch no le perdía de vista; y cuando las falcas se unían, a riesgo de caer, él no pensaba más que en hacerle oír palabras dándole valor. ¿Tenía necesidad de ellas un joven que no temblaba ante aquel peligro de muerte?


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