El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—¡Dos minutos más y estamos en la costa! —dijo Germán Paterne, en pie en la proa de la Moriche.

—Estemos prestos —respondió Jacques Helloch con voz breve— a salvar a los otros.

La ribera derecha del Orinoco estaba a una distancia de doscientos metros, por motivo de la curva que describe el río rodeando la desembocadura del Guaviare. Se la veía a través de la lluvia y el granizo, blanca por las espumas que cubren sus arrecifes. Dentro de pocos instantes se llegaría a ella, pues la fuerza del chubasco aumentaba y las piraguas, tomadas de través, saltaban entre las olas que las cubrían. Hubo un choque.

La Moriche acababa de abordar a la Gallinetta.

Fue tan violento el choque y dio tal bandada la Gallinetta, que embarcó gran cantidad de agua.

No naufragó, sin embargo.

Pero un grito terrible dominó el ensordecedor estrépito de la tempestad.

Había sido lanzado por el sargento Marcial.

En el momento del choque, Juan fue precipitado en las furiosas aguas.

—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! —repetía el viejo soldado, desconcertado e incapaz de moverse.

Iba a lanzarse a su vez a la corriente. ¿Qué hubiera podido hacer?


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