El soberbio Orinoco

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Jacques Helloch le contuvo con brazo vigoroso. Después le arrojó al fondo de la piragua.

Si Jacques Helloch se encontraba allí, era porque acababa de saltar a bordo de la Gallinetta, a fin de estar más cerca del joven, más pronto para socorrerle.

Y en el instante en que Juan desaparecía, había oído gritar al sargento Marcial un nombre, sí, un nombre, que no era el de Juan.

—¡Déjeme usted! —le dijo.

—No me impedirá usted… —exclamó el sargento.

—Usted no sabe nadar… Perecerían ustedes dos… Yo, yo le salvaré.

Y Jacques Helloch se precipitó en el río.

Todo sucedió en algunos segundos.

Cinco o seis brazadas permitieron a Jacques Helloch reunirse con Juan, que, después de haber vuelto varias veces a la superficie, estaba a punto de sumergirse. Jacques le agarró por la mitad del cuerpo, le levantó la cabeza, que mantuvo sobre el agua, y se dejó derivar hacia la costa.

—¡Animo, ánimo! —repetía.

Juan, con los ojos cerrados, privado de sentido, no podía oírle ni comprenderle.


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