El soberbio Orinoco

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Las piraguas estaban veinte metros atrás. Mientras Valdez sujetaba al sargento Marcial, loco de desesperación, se veía a Jacques Helloch sosteniendo al niño. El huracán les empujaba hacia la ribera.

Las falcas llegaron allí al fin, y, por feliz casualidad, en vez de ser arrojadas contra los arrecifes, fueron levantadas por una ola de fondo y lanzadas sobre una playa arenosa, donde chocaron sin graves averías. En el mismo instante Jacques Helloch salía del agua.

Entre sus brazos se abandonaba Juan, que había perdido el conocimiento. Después de depositarle junto a una roca, con la cabeza ligeramente levantada, procuró que recobrara el sentido.

Nadie había perecido durante la tempestad; ni cuándo las piraguas chocaron una contra otra, ni cuando se hundieron en la arena.

Miguel y sus compañeros, que acababan de saltar fuera de la Maripare, se dirigieron hacia Jacques Helloch, arrodillado junto al joven.

Germán Paterne, sano y salvo, acudió también, mientras los tripulantes halaban las embarcaciones lejos de la resaca. El sargento Marcial llegó en el momento en que Juan, abriendo los ojos, dirigía una mirada a su salvador.

—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! —exclamó el sargento.

—¡Marcial! ¡Mi buen Marcial! —murmuró Juan.


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