El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Mirabal demostró la satisfacción que tenía en acoger a los franceses. Declaró que estaba por completo a su disposición y no ahorró esfuerzo para serles agradable. La simpatía que le inspiraban aquellos viajeros, cuya lengua hablaba, reflejábase en su actitud, en sus palabras, en el apresuramiento para darles noticias de todo. Él había visto al doctor Crevaux cuando pasó por allí…; él recordaba a Chaffanjon, y había sido muy dichoso en poder serle útil… No haría menos en favor de Jacques Helloch, de Germán, del sargento y de su sobrino, que podían contar en absoluto con él.
Juan de Kermor le hizo entonces conocer el motivo que le había llevado a Venezuela, lo que aumentó la simpatía que inspiraba a Mirabal.
Y, en primer lugar, ¿recordaba el anciano que el coronel De Kermor había permanecido algún tiempo, hacía catorce años, en el pueblo de San Fernando?
La respuesta no fue nada satisfactoria para el joven. Consultando su memoria, Mirabal no recordaba nada relativo a la presencia de un coronel de aquel nombre en el pueblo.
Profundo disgusto se pintó en el rostro de Juan, y sus ojos dejaron escapar algunas lágrimas.
—Señor Mirabal —preguntó entonces Jacques Helloch—, ¿hace mucho tiempo que reside usted aquí?