El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —Más de cuarenta años, señor Helloch —respondió el anciano—, y nunca he abandonado San Fernando más que por raros y cortos intervalos. Si un viajero como el coronel De Kermor hubiera pasado aquà algunos dÃas, seguramente yo le hubiera visto, hubiera entablado relaciones con él… Nuestro pueblo, ni es lo bastante grande, ni tan numerosos sus habitantes, para que la presencia de un extranjero no sea advertida, y yo habrÃa tenido noticias de ella.
—Pero… si quiso guardar el incógnito…
—A esto no puedo responder —dijo Mirabal—. ¿TenÃa razones para hacerlo?
—Caballero —dijo Juan—, mi padre ha abandonado Francia hace catorce años, y sus amigos nada supieron de su partida hasta mucho tiempo después… Ni aun mi tÃo…, el sargento Marcial, sabÃa los proyectos de su coronel.
—¡No, ciertamente! —exclamó el viejo soldado—. Pues yo hubiera sabido impedir…
—¿Y usted, mi querido niño? —preguntó Mirabal.