El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—Ésta sería una expedición llena de peligros —hizo observar Mirabal—, y exponerse a ellos con tan vagos indicios…

El sargento Marcial aprobó con un gesto los temores expresados por Mirabal.

Juan callaba; pero en su actitud resuelta, en el fuego que brillaba en sus ojos, se leía la firme intención de no tener en cuenta tales peligros, de continuar la campaña, por difícil que fuera, de no abandonar sus proyectos, de ir, en suma, hasta el fin…

Y Mirabal lo comprendió al oír decir a Juan:

—Gracias, señor Mirabal. Gracias, señor Helloch… Un extranjero fue visto aquí en la época en que mi padre se encontraba en este pueblo, en la época en que escribía desde San Fernando.

—Sin duda; pero de ahí a pensar que fuera el coronel De Kermor… —dijo el anciano.

—¿Y por qué no? —exclamó Jacques Helloch—. ¿No hay probabilidades de que sea él?

—Y bien…; puesto que ese extranjero se ha dirigido hacia el Alto Orinoco —dijo Juan—, allí me dirigiré también.

—¡Juan! ¡Juan! —exclamó el sargento Marcial, precipitándose hacia su sobrino.

—Iré —repitió Juan con tono que indicaba resolución inquebrantable.

Después, dirigiéndose al anciano, añadió:


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