El soberbio Orinoco

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Respecto al coronel De Kermor, fácilmente se imagina cuán intenso había sido su dolor cuando se vio doblemente herido por la muerte de su mujer y de aquella hija que ni aun conocía. En medio de las conmociones de la guerra de 1871, supo que su esposa se había decidido a abandonar a San Pedro de la Martinica para ir a reunirse con él. Ignoraba, pues, que hubiese tomado pasaje a bordo del Norton. Y cuando lo supo, fue al mismo tiempo de recibir la noticia de aquel siniestro marítimo. En vano multiplicó sus pesquisas. No produjeron más resultado que darle la certeza de que su mujer y su hija habían perecido con la mayor parte de los pasajeros y tripulantes del paquebote.

El dolor del coronel De Kermor fue inmenso. Perdía a la vez a la mujer adorada y a aquella niña, de la que ni el primer beso había recibido. Tal efecto le produjo esta doble desgracia, que se llegó a temer por su razón. Cayó tan gravemente enfermo, que sin los asiduos cuidados de su fiel soldado, el sargento Marcial, la familia De Kermor se hubiera extinguido en la persona de su jefe.

El coronel sanó, sin embargo, pero su convalecencia fue larga. Habiendo tomado la resolución de renunciar al oficio que había sido el honor de toda su vida y que le reservaba magnífico porvenir, presentó su dimisión en 1873. Tenía entonces cuarenta y cuatro años.


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