El soberbio Orinoco

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Desde este día, el coronel De Kermor vivió muy retirado, en una modesta casa de campo en Chantenay-sur-Loire, cerca de Nantes.

No recibía a ningún amigo y no tenía más compañero que el sargento Marcial, que se había retirado del servicio al mismo tiempo que él. No era más que un infeliz abandonado sobre una costa desierta después de un naufragio, el naufragio de sus afectos.

En fin, dos años más tarde el coronel De Kermor desapareció. Pretextó un viaje y abandonó a Nantes. El sargento Marcial esperó inútilmente su regreso. La mitad de la fortuna del coronel —unos 10 000 francos de renta— fue dejada por él a aquel devoto compañero de armas, que la recibió del notario de la familia. En cuanto a la otra mitad, el coronel De Kermor la había realizado y la llevaba… ¿Dónde? Esto debía quedar en el más impenetrable misterio.

El acta de donación al sargento Marcial iba acompañada de una nota concebida en los siguientes términos:

«Doy mi adiós de despedida a mi bravo soldado, con el que he querido partir mis bienes. Que no procure encontrarme, pues sería trabajo inútil. Estoy muerto para él, para mis amigos, para este mundo, como están muertos los seres que más he amado en la tierra».

Y nada más.


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