El soberbio Orinoco

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En cuanto a Juana, tomó la resolución de no abandonar la casa paterna. La fortuna que el sargento Marcial había recibido, y que él puso a disposición de la joven, la emplearon ambos en emprender nuevas pesquisas. En vano la familia Heredia insistió para que Juana de Kermor volviese a su lado. Les fue preciso resignarse a estar separados de su hija adoptiva. Juana agradeció a sus bienhechores todo lo que por ella habían hecho. En su corazón se desbordaba la gratitud hacia aquéllos a quienes sin duda no volvería a ver en largo tiempo. Mas, para ella, el coronel De Kermor vivía siempre, y tal vez podía pensarse así, puesto que la noticia de su muerte no había llegado al sargento Marcial ni a ninguno de los amigos que había dejado en Bretaña… Ella le buscaría… Ella le encontraría… Al amor paternal respondía este amor filial, por más que el padre y la hija no se hubieran visto nunca. Había entre ellos un lazo que les unía tan fuerte que nada podría romper.

La joven permaneció, pues, en Chantenay con el sargento Marcial. Éste le dijo que había sido bautizada con el nombre de Juana, algunos días después de nacer, en San Pedro de la Martinica. Juana vivió a su lado, obstinándose en buscar los más leves indicios que le permitieran lanzarse tras las huellas del coronel De Kermor.


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