El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —¡Cómo! —exclamó Manuel—. ¿TendrÃan la audacia de decir…?
—El uno, el señor Felipe, sostiene que el verdadero Orinoco es su afluente el Atabapo; el otro, el señor Varinas, afirma que es su afluente el Guaviare.
—¡Qué atrevimiento! —exclamó el delegado—. A creerles, ¡el Orinoco no serÃa el Orinoco!
Manuel estaba verdaderamente furioso, furor del que participaban su mujer y sus hijos. Su amor propio sentÃase realmente herido en la fibra más delicada, en su Orinoco…, ¡el rÃo de los rÃos!
Fue entonces preciso explicarles lo que Miguel y sus dos colegas habÃan ido a hacer en San Fernando, y a qué investigaciones, seguidas sin duda de discusiones borrascosas, debÃan de entregarse en aquel momento.
—Y ¿qué pretende ese señor Miguel? —preguntó el delegado.
—El señor Miguel afirma que el Orinoco es el rÃo que hemos seguido de San Fernando a Danaco —respondió Germán Paterne.
—¡Y que sale del macizo de la Parima! —afirmó con resonante voz Manuel—. AsÃ, si el señor Miguel viene a vemos, será recibido con cordialidad. Pero los otros dos que no vengan al rancho, pues les arrojarÃamos al rÃo, ¡y beberÃan en él lo bastante para asegurar que su agua es la del Orinoco!