El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Así habían pasado las cosas durante la navegación entre el Antiguo y el Nuevo Continente, a través del Atlántico. Aquellos pasajeros que habían pretendido entablar relaciones con Juan, que habían tratado de hablarle, de prestarle alguno de esos insignificantes servicios tan comunes a bordo, que al parecer se habían interesado por aquel joven tan duramente tratado por aquel tío poco sociable, habían sido puestos a raya, con prohibición de no volver a comenzar.
Vestía el sobrino sencillo traje de viaje, amplio de corte, blusa y pantalón flotante, y por sombrero, casco de blanca tela, que cubría sus cortos cabellos y botas de suela fuerte. El tío, al contrario, estrecha levita, que si no era uniforme, recordaba el corte militar. No le faltaban más que las charreteras. Era imposible hacer comprender al Sargento que los vestidos amplios eran los más propios para el clima venezolano, y que, por tanto, debiera adoptarlos. Si no llevaba la gorra de militar, era porque Juan le había obligado a cubrirse con un casco de tela blanca semejante al suyo, el que, mejor que otro, protege contra los ardores del sol.
El sargento Marcial había obedecido la orden, pero él se reía del sol con su cabeza cubierta de cabellos rudos y su cráneo de acero.