El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Por la tarde, después de una siesta de algunas horas, el delegado propuso a sus huéspedes dirigirse al puertecillo donde se trabajaba en la reparación de la piragua. Quería asegurarse por sí mismo de la manera cómo se hacía el trabajo. Bajaron a través de los campos del rancho, hacia la ribera, escuchando a Manuel, que hablaba de sus dominios con el legítimo orgullo de un propietario.
Cuando llegaron al puerto, la Gallinetta, reparada por completo, iba a ser echada al agua, junto a la Moriche, que se balanceaba.
Valdez y Parchal, ayudados por sus hombres y peones, habían terminado bien su tarea. El delegado quedó muy satisfecho, y le pareció que ambas falcas reunían condiciones excelentes para continuar el viaje.
No había más que arrastrar la Gallinetta sobre la playa, y una vez a flote, colocar el rouf y la arboladura y embarcar el material. Juan y el sargento Marcial podrían instalarse de nuevo en ella, y la partida se efectuaría cuando en el horizonte brillaran las primeras luces del alba.
En aquel momento el sol declinaba tras los vapores purpúreos que anunciaban el viento del Oeste, circunstancia favorable de la que convenía aprovecharse.